El dolor desconocido
 
 
Hoy me he dado a pensar en el dolor lejano
que sentirá mi carne, allá en sus aposentos
y arrabales remotos que se quedan a oscuras
en su mundo de sombras y de instintos espesos.
A veces, de sus roncos altamares ocultos,
de esas inexploradas distancias, vienen ecos
que se pierden como ondas desmayadas
sobre una playa inmóvil de bruma y de silencio.
Son mensajes que llegan desesperadamente
del ignorado fondo de estos dramas secretos:
gritos de auxilio, voces de socorro, gemidos,
cual de un navío enorme que naufraga a lo lejos.
 
¡Oh esos limbos hundidos en tinieblas cerradas;
esos desconocidos horizontes internos
que subterráneamente se alargan en nosotros
distantes de las zonas de luz del pensamiento!
 
Quizás las más profundas tragedias interiores,
los más graves sucesos,
pasan en estos mudos arrabales de sombra
sin que llegue a nosotros el más vago lamento,
y tal vez, cuando estamos riendo a carcajadas,
somos el tenebroso escenario grotesco
de este horrible dolor que no tiene respuesta
y cuya voz inútil se pierde sobre el viento.

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